RIATA Pensar y actuar a contracorriente
La revolución en Panamá es cuesta arriba, contracultura y contracorriente.
Pero sigue siendo la opción de los humildes.
Pedro Rivera
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Por Roberto Pinnock
Una mirada científica social no permite, a estas alturas, llegar a una conclusión contundente sobre si las transformaciones que avanza el Papa Francisco, alcanzarán teniendo un carácter revolucionario o meramente cosmético; lo que sí se puede afirmar es que se ha dado inicio a un debate inédito, tanto por su forma como su contenido, de temas hasta ahora vedados dentro de la iglesia católica y, dependiendo de la fuerza que puedan ganar los partidarios de la renovación, puede dar lugar a transformaciones profundas.
Cabe reconocer que su gestión vuelve la mirada hacia los grupos vulnerables, particularmente los pobres, retomando el espíritu del Concilio Vaticano II, de los años sesenta pero, más aún, en las réplicas de la Iglesia latinoamericana de ese concilio, conocidas como Medellín, (1968) y Puebla (1979) que dieron fundamento a la llamada teología de la liberación.
Efectivamente, desde su primer documento, los obispos de la Iglesia latinoamericana denunciaron la “miseria que margina a grandes grupos humanos” y dijeron que “esa miseria, como hecho colectivo, es una injusticia que clama al cielo” es decir, desde el punto de vista teológico, inadmisible para todo el que se autodenomine cristiano.
Para 1979, en Puebla, los obispos latinoamericanos a pesar de la ofensiva del clero conservador que ya se iniciaba con el apoyo decidido del Papa Juan Pablo II, se ratificaron en su posición frente a las clases populares del continente al plantear que: “Los pobres merecen una atención preferencial, cualquiera que sea la situación moral o personal en que se encuentren. Hechos a imagen y semejanza de Dios, para ser sus hijos, esta imagen está ensombrecida y aun escarnecida. Por eso Dios toma su defensa y los ama. Es así como los pobres son los primeros destinatarios de la misión y su evangelización es por excelencia señal y prueba de la misión de Jesús” (Puebla No. 1142).
El Papa Francisco, como parte de esta tradición latinoamericana, ofrece señales claras en favor de esta praxis. Su acción audaz por sanear la corruptela del Banco del Vaticano, así como los cambios que adelanta hacia el desmantelamiento de lo que denominó “corriente de corrupción” en el clero romano (Ver: Audiencia concedida a la directiva de la Confederación Latinoamericana y Caribeña de Religiosas y Religiosos, el 6 de junio de 2013) hablan de iniciativas que bien pueden ser parte de un proceso que inicia una revolución en esta Institución mundial, con el ineludible impacto en el conjunto de la sociedad. Su autoridad no se ha quedado en los linderos del Vaticano, siendo uno de los casos recientes el haberle dado de baja al obispo de Limburg (Alemania), Franz-Peter Tebartz-van Elst, quien se construyó una casa valorada en 40 millones de euros.
No dudamos que el empeño de Francisco, esté generando una contraofensiva de parte de los grupos conservadores de la Iglesia y de la política internacional, que lleve incluso a otra “muerte misteriosa” como la ocurrida a Juan Pablo I cuando inició cambios similares. Lo meritorio es, que a diferencia de lo que hizo Juan Pablo I, Francisco ha ido generando una red, un sujeto colectivo, que coincide en buena medida con su planteamiento, es decir, de sectores políticos civiles y eclesiales que creen que un mundo más justo es posible. Indudablemente, esto hace más difícil el éxito de cualquier contraofensiva conservadora de los amos de la economía y la política mundial, como sucedió en los años ochenta.
Así, en atención a lo antes dicho, bien vale la pena que los católicos demandemos que nuestro clero se inserte en este camino y deje de asumir posiciones que a veces rayan en la complicidad con los grupos de poder por el solo hecho de recibir esta o aquella “donación” con fondos extraídos de la corrupción y de la explotación a los grupos subalternos y de nuestros recursos naturales.
En general, todos deberíamos hacernos eco de la hoja de ruta que impulsa el Papa Francisco, particularmente en lo que respecta a la lucha en favor de los pobres y demás grupos vulnerables, allí hay plena coincidencia con las luchas y tradición legada por verdaderos luchadores patriotas y revolucionarios, tales como: Victoriano Lorenzo, Pedro Prestán, Blasques de Pedro, Héctor Gallegos y el General Omar Torrijos.